Dudo que merezca esta chance, pero ruego que no se arrepienta y me permita verla de cerca. Y aunque no la besaré ni acariciaré, me bastará con mirarla a los ojos, esos que lloraron con los míos por alejarnos.
Lo que suceda en ese reencuentro será el lado opuesto a lo que deseo, y posiblemente ella también. La charla empezaría con un saludo silencioso, acompañado de un tartamudeo comprensible por el nerviosismo de enfrentar el amor con la distancia aliada al frío del desamor.
Esperaré su llamada. Ojalá y no tarde...

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