miércoles, 7 de mayo de 2008

Ups... un año, cino días

Con cinco días de retraso celebro que hace un año me haya animado a abrir este blog, un espacio que ha servido para refugiarme cuando quería llorar, pero también para compartir con los pocos lectores las alegrías que la ingrata vida te empaqueta muy pocas veces para llevar a casa.
Esta es una de las ocasiones que recuerdas una fecha importante, pero postergas festejarla. El último 2 de mayo revivió en mí el recuerdo de aquel primer post, ese donde escribía sobre la ironía del chamba operuano, del canillita, ambulante, grifero, enfermera, bombero y otros más que forzados celebran el Día del Trabajo, como si esa fecha ameritara ser celebrada. Un año después, los deseos de mejorar no mutan, insisten en ser un simple deseo y no una realidad.
De a pocos fui entendiendo por qué abrí el blog. Y es que en un inicio las dudas y el tiempo ajustado me advertían que no era necesario distraerme en lo que pensaban era una bobería. Me animé a comentarle a algunos amigos de la existencia del blog, y algunos pocos obligados por mi insistencia, empezaron a leerlo. Algunos de aquellos pocos se fueron, otros llegaron. Pero aún así lo leían (¿y lo leen?).
Sucesos sin importancia y que pudieron terminar en un comentario bañado de joda con los amigos, de pronto se convertían en tema de un post. Pude constatar que el fin del mundo no se asoma sólo para mí, que los problemas familiares, amorosos y amicales, joden a todos sin excepción. Comprendí que la joda no es racista.
La práctica me permitió extender un post de dos párrafos a otro multiplicado por otras tantas líneas. Me permití retratar el perfil conchudo de un amigo, burlarme del secreto de confesión y revelar algunas historias sepultadas. También ensayé algunas recetas para robar un beso, conté mis encuentros con famosos ahora desaparecidos y pirateé algunas crónicas que escribí para el diario donde trabajo. Pero además pinté con letras la pena de perder a una amiga.
En fin, ojalá y este año que espera nuevos post sepa regalarme historias aptas para el consumo de los lectores de vozdelono. Confío que mis travesuras y las ajenas, alimentarán este espacio que también será ocupado por inevitables lágrimas por un adiós que se asoma venir. No se alejen y lean mi voz que grita y calla... lean vozdelono

martes, 29 de abril de 2008

Chau tía... nos vemos luego

Mucho antes de ingresar a trabajar en el grupo La República, me consumía la curiosidad por saber qué mujer personificaba a la periodista de las páginas deportivas de los diarios de la empresa. Durante mucho tiempo fue una gran interrogante sin resolver. La imaginaba con características físicas distintas, entre una y otra ocasión que la dibujaba imaginariamente en mis ratos de ocio en el colegio inicialmente, y luego en la universidad, siendo aún un novato estudiante de periodismo.
Admito que la distancia entre lo real y lo iluso de mis ideas, me hizo -sin notarlo- desistir a la idea de conocerla personalmente algún día, de preguntarle qué sentía al ejercer el periodismo deportivo, estar cerca de los jugadores de fútbol que yo sólo veía por la tele. Y es que ella, erá la única mujer que en Lambayeque hacía periodismo deportivo, y con una notable capacidad.
Cuando el tiempo había marcado una brecha entre el deseo de conocerla y el trabajo que conseguí al salir de la universidad, la encontré. Pero no lo sabía. Me enteré luego, muy luego. Mi primer encuentro con la mujer que admiraba por sus notas y tácito empeño, cruzó sus pasos con los míos en una comisión periodística distante a las canchas de fútbol o coliseo deportivo, a los que ella solía visitar. La encontré en un colegio, el día que los peruanos elegíamos a quienes ahora gobiernan el país. Como toda la mancha de periodistas, esperaba a un congresista que postulaba a la reelección. Después de sufragar, entrevistamos al tipo. Y ella, estaba al lado -sin saberlo- del chico que había buscado conocerla, y que fracasó en el intento.
Un año después de aquel episodio ingresé a trabajar a La República. Para entonces, las páginas deportivas las escribía otro tipo, uno que lucía sin descaro unos cachetes inmensos. Cuando supuse que la conocería, no pasó nada de eso. Ella no estaba.
Pero claro, no podía quedarme con la duda. Quería saber de ella, qué pasó, por qué se fue, o es que acaso estaba de vacaciones. No pasó mucho tiempo para lanzar la primera pregunta al Chotano, nuestro jefe de Información, quien sin duda sabría responderme. Fue entonces que supe que ella se llamaba Rocío Fernández, y que empezó a trabajar en la empresa en 1995. Era casada, tenía una nena a quien amaba con intensidad, pero que sufría con papí porque su mamá contrajo un cáncer que la alejó de las canchas para hospedarla en insoportables habitaciones de hospital.
La conocí al fin, pero por una descripción genérica que me dejó conmovido, porque la mujer que pinté desde niño en mi cabeza, estaba enferma. Luego el Chotano me enseñó algunas fotos donde ella lucía cabello largo, cabello que perdió producto de las quimioterapias a las que era sometida para vencer el cáncer. Después de meterme sin permiso en la vida de una persona que no conocía, me limité a oir los comentarios que hacían sobre ella, entre recuerdos de los primeros años del diario, hasta su celebrada mejoría.
Pasaron -calculo- seis meses desde que ingresé a trabajar a La República, cuando por algún motivo, de esos que te empujan a hacer cosas inexplicables, llegué temprano a la redacción del diario, costumbre impropia en mi rutina periodística. Al cruzar la primera puerta, como siempre busqué el saludo de don Abelito, amigo dedicado a hacer la limpieza en la empresa, pero no lo encontré. Mientras subía las escaleras, leía el diario que distrajo mi mirada, y evitó que al ingresar al ambiente de la redacción, la viera.
¡Hola!, me dijeron en coro una voz extraña y otra conocida. Era don Abelito, acompañado de una mujer de cabello corto, que supuse era algún familiar suyo, o alguna persona que buscaba algún periodista para denunciar alguna maldad. Con don Abelito acerté, pero con aquella mujer no. Su rostro posado ante mis ojos era distinto al de las fotografías que me mostró el Chotano. Mi torpeza me impidió advertir que ella era quien busqué y no encontré.
¡Hola Chotano!, dijo ella, dejando escapar en un fuerte abrazo la alegría encarcelada en los cuartos de hospital. ¡Hola vieja!, respondió el Chotano con inusual alegría devolviendo el cariño desparramado alrededor suyo. ¡Hey tío, ella es Rocío!, dijo el Chotano, dirigiéndose a mí, que de pronto me vi asaltado por la incertidumbre. Cuando reaccioné, sólo respondí con un saludo embobado que coqueteba con lo estúpido, a la reincorporada Rocío.
Con el tiempo llegué a tratar a Rocío, que permitió la llamara Chío, como diminutivo a su nombre que por años me acompañó sin un cuerpo visible. Conocí de cerca su caso, a su esposo y también a su encantadora nena. Mi irremediable costumbre de llamar a todos "tío" o "tía", aunque estos no lo fueran, hizo que la llamara igual a Chío. La Tía Chío me regaló ratos que prefiero no contar, pero que en esencia fueron deliciosos, por la lección de vida, y por las ganas rebeldes de no querer despedirse.
Algún tiempo después, no puedo precisar cuánto, Chío regresó a los hospitales que odiaba y amaba porque le quitaba horas con su familia, pero le permitían aún estar con ella. Con los chicos en el diario, organizamos una chanchita para ayudar a la familia de "la vieja". De pronto, las visitas al quirófano se hicieron un mal hábito para los médicos que la trataban. Chío luchaba, pero caminaba a paso lento.
Hoy por la mañana, una llamada telefónica, interrumpió una reunión que los periodistas teníamos con el editor. La cara del Chotano nos adelantaba segundos antes que lo dijera, que aquella era una mala noticia, que el titular del diario se teñiría de tristeza. ¡Murió Chío!, nos dijo, empujándonos al silencio y a los recuerdos que cada uno guardaba con ella.
Decidí escribir este post antes de ir al velorio de Chío. Supongo, y no porque sea una regla fúnebre, que algunas lágrimas caerán, y con las mías, las de los chicos que convivieron más tiempo con ella en aquella sala de redacción que la extrañará. Chau tía... nos vemos luego.

lunes, 21 de abril de 2008

Manu, la fregaste...

Gusto ser fanático de Alianza Lima, porque de pequeño la pierna zurda de César Cueto me reclutó a la tribuna de club blanquiazul. Recuerdo que un tío mío planeó convertirme en hincha del club que decía adorar cuando apenas había cumplido ocho años. Me sobornó con chocolates para que observara un video cuyas imágenes dejaban ver a Cueto haciendo travesuras a fines de los setenta con un negrito que luego me presentaron como Teófilo Cubillas.
Luego de ver las genialidades de Cueto era imposible negarme a la invitación de mi tío. Me interné en el mundo grone sin pensarlo dos veces, convencido que aquel era el mejor equipo del mundo, que ningún contrario podría vencerlo, incluso cuando los jugadores no eran los mismos.
Ser hincha de un equipo de fútbol te ciega, te hace perder la objetividad, pues crees que los once jugadores que visten la camiseta del club que sigues, son lo máximo. Lo demás, presumes en medio de errores, son los perdedores.
He enfrentado desde mis inicios como hincha blanquiazul a un sin numero de opositores, que -equivocados- son barristas frustrados de algún otro equipo. Las broncas más ácidas se dieron entre mieles y ajos, con los muchachotes de la U, o sin masticar, de Universitaria de Deportes.
Llamar a los cremas, gallinas, era un insulto imperdonable para quien lo pronunciara. Más de mil veces he llamado gallina a quien tildaba de cagones a los grones. Pero ahora, no puedo. Estoy contra la pared. Tengo un cuchillo pegado al cuello, y un dilema sin resolver.
Trato de desprenderme del apasionamiento que fabrica las intensas y típicas broncas entre equipos de fútbol, porque hace poco, Manu, mi hijo de apenas cuatro años, me confesó que pese a mis esfuerzos por convencerlo, no sería hincha de Alianza Lima. Me robó todo consuelo, cuando le pregunté si sería hincha del Aurich (equipo de nuestra tierra: Chiclayo) o del Manchester United, y me dijo que no, que había decidido -no sé por qué- en convertirse en hincha de la U.
Cegado por la euforia infantil, Manu no se conformó con patearme y decirme que no me acompañaría a ser aliancista, sino que descarado, me exigió con su carita de ángel que le comprara un polo crema con una U envuelta en un círculo pegado en el pecho. No tuve salida. Fingiendo que celebraría la compra tuve que asentar.
Al despedirnos alucinaba los clásicos entre la U y AL. Imaginaba los días en que con Manu apoyaríamos a los equipos que seguimos, en el mismo sofá, pero en extremos opuestos. Frente a la tele, Manu haría su propia Trinchera Norte, mientras yo, simularía estar en el Comando Sur.
Ayer -después de simular pesadillas- hice algo que siempre descarté, incluso en algún arrebato de locura. Pese a tener frente a mí decenas de polos trazados de líneas azules y blancas, compré una camiseta de la U. Pagué por un polo del antagonista. Me convertí en un traidor a la familia aliancista.
El único que celebró la traición fue Manu. No tardó en vestir el polo crema y recompensar el mal rato de su padre, envolviéndome con sus brazos delgaditos, y besándome sin descanso en las mejillas. ¡Gracias papi!, me dijo, después del bombardeo de caricias.
Esta es la única ocasión en la que camuflado aplaudo que alguien sonría por ser hincha de los cremas. Pero esta no será la única vez en la que abrace a los clásicos rivales... ¡Arriba Alianza!

viernes, 18 de abril de 2008

Por flojo perdemos

Esta es la segunda crisis de achorado que me invade desde que abrí el blog. Hace algún tiempo abandoné este espacio arrendado en la web por eventuales distracciones mezcladas con alguna responsabilidad de la chamba. Sin notarlo, marqué distancia entre el teclado y mis dedos. Provoqué que la simpatía entre estos se transformara en tedio, producto del cansancio comprado en el día luego de redactar y editar las notas del diario.
Un mes y un día después del último post, regreso a casa, aunque no muchos celebren esta decisión. Pocos, casi nadie, me preguntaron después de la segunda semana, por qué decidí de pronto alejarme del blog. Como la pregunta me tomaba de sorpresa, la respuesta era vaga, casi incomprensible. “Me da flojera”, respondía en mi defensa.
Incluso, quienes siguen de cerca el blog (sacrificio que agradezco), me proponían temas que surgían de repente para convertirlo en un post. Pero la flojera acomodada en mi espalda rechazaba toda propuesta, por más interesante que esta fuera. Chicho, lanzó alguna idea que olvidé, pero recuerdo que era cómica. Mary, por su parte, ensayó un pedido a favor de leer el blog, o en su defecto, de oír la vozdelono.
Haciendo un símil con la vida nuestra, la flojera nos aísla, nos encierra en un mundo que no es el nuestro. Sucumbimos ante el cansancio y perdemos espacios con la familia, con la pareja, con los amigos, con el blog. Ser flojo es tan peligroso como ser un ladrón, porque nos robamos momentos felices, y asaltamos la alegría de quienes no aman para pisotearla sin piedad.
Hay que equilibrar la balanza. Tenemos derecho a ser flojos tras una dura jornada de trabajo, sobre todo cuando los jefes nos putean. Pero no podemos sacrificar la felicidad ajena por lucirnos como holgazanes, descansando en excusas tontas, huecas.
Hoy, al igual que los últimos 31 días me siento cansado. Y aunque confieso que la flojera que rogaba no escribir este post, no podía seguir apresado. Vuelvo sin haberme despedido, mismo Hijo Pródigo. Regreso a vozdelono, con la promesa de desprenderme de la flojera y abrazarme al placer de escribir. Mañana, el primer post del reencuentro...

lunes, 17 de marzo de 2008

NO ADMITIDO

No puedes dejar de sonreír si te posas frente a la cámara de un gráfico de diario o de portal web que además de apellidos compuestos y acomodados, aspira a capturar rostros bonitos, que no espanten. No importa si te toman de sorpresa, o espontáneamente te prestas a que el flash reviente sobre ti. Lo importante es salir bien. Y si no eres fotogénico, aléjate, no te acerques a los gráficos, porque sin quererlo serás el punto de atención de tus amigos, pero con comentarios jodidos, hirientes, que maltratan tu vulnerada reputación. En este escenario, no hay blindaje que sirva.
¡Asu, ves la nariz de Pepe!, ¡Qué tal panza la del Chicho!, ¡Ay hija, a la Maricucha se le cayeron las tetas, pobre de su marido!, ¡Escándalo, Paola usó la misma ropa que la última vez!, ¡Coco llegó con su nieta, ¿o es su nueva conquista?!, ¡Un cholo en sociales. Ahhhhh!, y muchas frases de este calibre se dejan oír si es que estos son lectores de diarios fichos, con nivel A-1, como la conserva de atún.
Para llegar a este cuadro se hace de todo. Las chicas, menean sus caderas y lucen prendas diminutas y provocadoras para atraer la mirada del gráfico; mientras los chicos, se acomodan al lado de las damas para no ser excluidos del retrato que saldría en la página más vista del diario, superando de largo a los accidentes mortales en la sección policiales, las opiniones políticas de una sarta de fanfarrones, y los show de nuestra descolorida farándula.
Escribo este post porque coincidí en el camino de las decepciones con un compañero de trabajo. Don Abelito limpia las oficinas del diario donde trabajamos desde las 5:00 de la mañana. Hace no mucho me contó que le había pedido al encargado de seleccionar los apellidos pitucos que rompiera las reglas e incluyera el nombre de su hijo, su esposa y sobrina, que en desmérito de aquel tipo, pagaban la pena de apellidarse Estela, Chanamé y Chapoñán. Pero el muy baboso, no lo hizo, y don Abelito se quedó sin cumplir con una promesa, pues le dijo a su hijo que haría el esfuerzo porque aquella gráfica se publicara.
Yo, por mi parte, quería que mi hijo saliera en la página, retratado en su primer día de colegio. La historia se repitió. Descubrí que mi apellido, como el de don Abelito y sus familiares, no merecían ser incluido en la leyenda de una foto de sociales, porque donde trabajo sólo consignan mi identificación en las notas que escribo, para librarse de toda responsabilidad y chantarme todo el chongo a mí, en caso lo hubiese.
Manu, mi hijo, no apareció en la página de sociales del diario donde trabaja su papi, porque al expediente de solicitud (mismo banco) le plantaron el sello de “NO ADMITIDO”.
Con don Abelito cambiamos la ruta y giramos hacia otros diarios, que en teoría son competencia, pero en la práctica, son solidarios con quienes somos desamparados en el afán de querer ser retratados, a fin de alimentar los buenos recuerdos. Nuestras fotos se publicaron a blanco y negro en una página libre, donde el apellido no importa, y alejados del descolorido diario que aún nos acoge como trabajadores choteados.

sábado, 15 de marzo de 2008

No fue lo mejor

¡Puta mare Miguel, envía las fotos carajo!, le decía al gráfico por teléfono, cuando restaba menos de media hora para poder tomar el último bus que me llevaría a una comisión importante.¡Ok, gordo, estoy llegando a Chongoyape para enviarlas desde una cabina de internet!, me respondió con una voz cansada porque había caminado varios kilómetros para poder fotografiar los restos de un helicóptero que cayó y a los cuerpos de la tripulación que viajaba en esa nave.
En el lugar del accidente no había ningún punto de internet que haya facilitado al flaco enviarme las fotos rápido. En las montañas no encontró una cabina de internet. Tenía que caminar tres horas y otras tres en auto. Los minutos pasaban. Y cuando traté de ver la luna por la vemntana de la redacción para consolarme y no desesperarme, la inoportuna lluvia terminó de arruinarme el día, y el siguiente también. El chapuzón cubrió la luna y liquidó toda esperanza de viajar.
El reloj marcaba diez minutos después de la hora que debía viajar hacia aquella comisión. Y yo, continuaba esperando las fotos de Miguel con quien perdimos comunicación. De pronto, las fotos aparecieron en la bandeja de entrada. Las seleccionado y listo. Para entonces, tenía de retraso media hora. Sin embargo tomé el primer taxi que se cruzó frente a mi luego de salir corriendo del diario.Al llegar al lugar donde me esperaría el bus, este no se encontraba.
La lluvia continuaba y lloraba conmigo porque perdí lo que debía ser imperdible. Caminé bajo la lluvia. Por la ranura de la planta del zapato se filtraba el agua que seducía a mis medias y aceleraba un resfriado. Por fuera, la camisa y el pantalón se ceñían a mi cuerpo, empujados por el agua que caía con fuerza. Mientras me alejaba del terminal, un amigo a quien encontré en una esquina de barrio, me dijo: kizá fue lo mejor... No es verdad.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Encontré a la virgen


Después de verla por primera vez, la encontré en una combi, donde la miré con disimulo. Hace poco, la volví a ver sujetando un micrófono de un canal de tv, y recordé que ella me confesó que estudiaba periodismo. Retrocedí en el tiempo y la vi vestida de Virgen María en una escenificación por Semana Santa. Busqué en mi archivo en el diario y encontré en la carpeta del 7 de abril del 2007, el texto que ahora les presento, porque fue uno de los que pese a ser el autor, me conmovió por el realismo con que jóvenes actores presentaron las últimas horas de Jesús ante los ojos de los católicos.


VALIENTE CAMINO A LA CRUZ

· Sencillamente exquisita fue la puesta en escena de los minutos previos a la muerte del Mesías por 120 actores de la comunidad juvenil cristiana de Reque. Provocaron sentimientos encontrados, que coincidían en las lágrimas de los cientos de feligreses que participaron. Las familias recanas postergaron las tradicionales películas de semana santa por ver a los protagonistas locales. El profesionalismo de los jóvenes actores dejó sorprendido a más de uno.

Antonio Bazán Chero. Chiclayo

Me permito escribir en primera persona para confesarles que estoy temblando. Acabo de regresar de Reque donde las calles del distrito calcaron las calles de Jerusalén en un episodio que azotó a los católicos. Vi a un hombre delgado maltrecho, de barbas largas, pero con una mirada llena de fe. No es un invento, juro que tengo el cuerpo escarapelado, y los ojos llorosos, como muchos que compartieron conmigo la mañana del viernes santo.
De niño me dijeron que un hombre con estas características se llamó hace mucho tiempo Jesús y murió por decirle al mundo que era hijo de Dios. Aquel hombre que observé en Reque era el Mesías parido en Nazareth, interpretado por el actor Víctor Caro Aquino, envuelto en cadenas y sacudido por soldados romanos. “Vitucho” estudia electrotecnia y le apasiona el teatro, así como los 120 actores recanos que conforman la comunidad juvenil cristiana del distrito, y que ayer exhibieron su delicioso arte.
Luego de esquivar la multitud, ingresé a la parroquia San Martín de Thours. Entre los murmullos oí que a la medianoche, Judas, discípulo de Jesús, lo traicionó entregándolo a los sacerdotes, besándole en la mejilla. Me camuflé entre la muchedumbre y noté cómo el Consejo Supremo de judíos encabezado por el sumo sacerdote Caifás juzgaba al Mesías.
Al tiempo que los romanos lo arrojaban al piso para azotarlo con látigos de púas, los sacerdotes en el Sanedrín (tribunal) llamaban a Cristo, insolente y miserable, por decirles que nació para salvar al mundo, incluso a ellos, que perdían autoridad ante la población. ¡Hey, esperen!, les decía a los verdugos del salvador, pero mi voz se perdía entre el grito de aquellos que exigían la muerte de Jesús. Sin ser azotado, sufría, en verdad me dolía. Oír el sonido provocado por las patadas y latigazos era estremecedor.
Me preguntaba si era justo que lo sentenciaran por blasfemo y lo enviaran al procurador romano Poncio Pilatos para que ordenara su crucifixión. Me resistía como Óscar Martínez que interpretaba a Pilatos, a sentenciarlo. Me negaba a verle doblar sus rodillas, porque él nos salvaría. Porque resucitar a Lázaro, convertir el agua en vino durante las bodas de Cana o reproducir en miles, un pan y un pez, no era pecado, eran milagros.
Judas se ahorcó como un cobarde, huyendo de la vida eterna que Cristo le ofreció y que no aceptó por recibir diez frías monedas de plata.
Aunque era capaz de mostrar su poder ante Pilatos y los fariseos, Jesús cayó. Mantuvo oculto a su ejército divino que fácilmente lo hubiera liberado, incluso cuando compareció frente a Herodes, pues Pilatos lo envió ante él por ser de Galilea.
Debo confesar que me ahogue en la impotencia, cuando Pilatos se lavó las manos, mandó a crucificar a Jesús y liberó a Barrabás. Este era un pedacito del sentimiento de todos quienes vimos el sacrificio del Nazareno.
Antes de ser llevado a la cruz, el salvador fue azotado por los implacables soldados romanos. Su sangre salpicó a los periodistas que cubríamos la escenificación, y veíamos indignados un acto saturado de injusticia. Gritaba como hombre, pese a ser Dios. No clamaba ser liberado, porque prefirió entregarnos una lección de valentía, enseñarnos que la fuerza de nuestra fe nos lleva a la cruz para saltar a la felicidad.
Las gotas de sangre que se deslizaban por su rostro, eran producto de las heridas que dejó la corona de espinas que sus verdugos, parodiando ser sus súbditos, le colocaron sobre la cabeza. A María, la madre de Jesús, le atravesaban el corazón con una espada, y lo confirmó su intérprete Angélica María Castañeda Barbarán al decirlo de rodillas ante el Mesías que empezaba a cargar la cruz. La cara de la virgen dibujaba su dolor, su voz dejaba oír la pena por perder a su hijo, y sus palabras una imperdible enseñanza de sacrificio.
La interpretación de Angélica María fue estupenda, cuando vestida de virgen, entregó a su hijo. No dudo que sus palabras fueron las que utilizó la mujer que parió a Cristo al verlo soportando el peso del madero. No dudo que las lágrimas de la actriz fueron las que María derramó al perder un pedazo de su vida.
Aunque Simón el Cirineo le ayuda a llevar la cruz y La Verónica limpia su rostro, Jesús caía una y otra vez en el camino al monte de Los Olivos, pero se recuperaba para caminar con la firmeza de su predica, del amor que abraza a los cristianos. Al llegar al fin de su calvario y el inicio de la vida eterna, Cristo es despojado de sus vestiduras y clavado de manos y pies, sobre el madero tallado de nuestros pecados.
En la cruz, pidió perdón por quienes le roban la vida corporal, entregó a su madre al mundo, compartió su sed de amor, y suspiró para despedirse temporalmente de los cristianos. Un hasta pronto que se decoró con el aplauso de los devotos que asistieron a la escenificación.